Elogio de la traición (o el día que el chancho habló)

A princio de la semana ocurrió lo inesperado.
Estábamos todos sentados a la mesa, almorzando.
Tomás tiene nueve años. Quería jugo de naranja. Él no habla pero se hace entender.
Decidimos no darle. Cuando comienza con el jugo no tiene fin y eso preanuncia que no comerá un carajo.
Tomás se vio en una encrucijada. No podría satisfacer su deseo a menos que articulara los sonidos en palabras.
Re-caliente, abrió la boca y con fuego en los ojos nos descerrajó:

¡¡¡Jugo!!!

Nunca había dicho “jugo”.

Con todo el cuerpo, con su actitud no nos dijo solo “jugo”. Dijo “demen (nada de denme) jugo, la reputísima madre  que los parió a todos”.

Mientras le servíamos todo el jugo que quisiera, su hermano que también tiene TGD preguntó: -¿Es que Tom ya no es más autista?-

Ese día anduvimos todos inmunizados contra cualquier mal de esta tierra y de otras.

El Chancho Negro de las pampas húmedas (o el chancho húmedo, o simplemente Chan, que es como solemos decirle) nos inoculó el antídoto. Y él aprendió que si habla, si traiciona sus convicciones, algo bueno podría pasar.