Tiempo ganado

Hoy caminamos con mi hijo más chico. Tengo el tiempo cronometrado.
Va de vuelta.
Hoy estacioné a seis cuadras del centro educativo terapéutico donde va mi hijo más chico. Me había imaginado el tiempo que tardaríamos caminando. El tiempo es un recurso muuuuuy escaso últimamente.
Imaginé que las seis cuadras no nos llevarían más de quince minutos. Íbamos de la mano.
A Tom le fascina chapotear en los charcos, pero yo planeaba volver rajando al trabajo y no estar con los pantalones salpicados de barro. Mal planificado.
Caminamos por la calle siete. Tom descubrió el aroma del puesto de facturas y el olfato lo impulsó en sentido oblicuo al camino del centro terapéutico.
Cuando cruzamos la calle de la Plaza San Martín, consideró adecuado recorrer con un palo el enrejado de la gobernación. Había rítmica regular. Tr tr tr tr tr tr tr tr tr, tr (y más tr porque la reja tiene una cuadra de largo). Interesante. A la media cuadra lo detuvo en seco el parlante de la protesta del gremio SOEME que tenía estacionada una camioneta-parlante para reclamar la re-apertura de paritarias. A mi me pasó como a María Eugenia Vidal: no escuchaba el parlante, porque el ruido se me había asimilado al paisaje. Pero Tom tenía las manos tapándose los oídos y gritaba para tratar de tapar el sonido del parlante.
El tiempo se estiraba peligrosamente. Tom descubrió por primera vez una mancha de aceite en el piso mojado. Cuando movía la cabeza de un lado al otro, los colores tornasolados, variaban en brillo e intensidad.
Intenté recordar mi primer mancha de aceite. No pude. Este era un momento importante y me lo hizo notar.
Luego cruzamos hacia la vereda del museo provincial de Bellas Artes. La vidriera dejaba ver una escultura singular. Eso lo supe un rato después. Era el esqueleto de un ser imaginario… Bueno… real porque estaba ahí frente a nuestra vista. A la vista de Tom. Yo solo miraba el reloj y lo descubrí cuando tuve que detenerme a riesgo de arrancarle el brazo.

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Norberto Gómez. Testimonio de lo ausente. Diálogos entre el silencio la violencia y el olvido

Doblamos en la calle seis. Otra vez Tom se detuvo. Del antiguo local de Movistar, ahora en reformas para nuevos locales comerciales, asomaba una nube blanca. Era polvo de durlock cortado con moladora angular de disco de carburo de silicio. El olor del carburo es inconfundible… y las volutas de polvo formaban fantasmas que levitaban a nuestro lado. Claro que todo eso también estaba acompañado por el sonido característico del corte y eso lo desmotivó.
Eramos ya milanesas… o filetes de merluza marinados aún sin freír, porque el polvo de yeso se nos pegó en la ropa mojada por charcos chapoteados. Como espectros caminamos la media cuadra que faltaba. Un señor muy gordo con una sugestiva verruga en la punta de la nariz salió a nuestro encuentro. En este caso fueron tontas disquisiciones de mi parte, porque a Tom no le pareció pertinente dedicarle una mirada. Por suerte.
Todo está por ser descubierto y uno perdiendo el tiempo en idioteces.

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