Romance del prisionero para este puto otoño frío

Hace dos semanas mi hija mayor (que está en segundo año de la escuela secundaria), tuvo que estudiar el Romance del Prisionero. Estudiar implicó, entre otras cosas, memorizarlo.

La poesía se goza o no. Hay un componente intelectual, analítico, morfológico. Y hay un componente subjetivo emocional que hace que la poesía nos toque, nos interpele, nos transporte, nos evoque, nos emocione, nos entristezca.

Ella no puede…no entiende… no le llega la rima. La simetría, la regularidad, tienen (o no) belleza. Ella no “comprende” la rima. Y muchísimo menos el desplazamiento de sentido: la polisemia, la metáfora.  El autismo y la poesía en general se llevan bastante mal. Personalizado, Ella y la poesía “no se hallan”, como dicen en las provincias del Litoral de Argentina.

Pero vivi-disectándola, contextuando cada verso, despojándolo del arte, la rima, y transformándola en una narración pura, adquiere sentido para ella.

Dentro de todo, el romance es un texto bastan narrativo, aunque el estropicio que hay que hacer es digno de una sala de autopsias. El trabajo sucio lo hizo mi esposa.  Y así mi hija entendió el contenido del relato, y  en otra operación no tan compleja para ella, también pudo memorizar cada uno de los versos medievales.

La profesora le puso un diez y el tema fue abandonado por completo, porque el mundo de los neurotípicos está lleno de desafíos y necesita traducciones constantes de los sinsentidos de la cultura, donde la mentira poética es solo un pequeño escollo.

Pero resulta que esta madrugada me puse a saborear el delicioso texto de la contratapa de Página 12 escrito por Juan Sasturain. Y vaya mi sorpresa cuando descubro que su tópico es la enseñanza del Romance del Prisionero a alumnos de cuarto año de la escuela secundaria.

Juan sin saberlo reedita la compleja operación de mi esposa, exactamente con el mismo romance, pero le pone un plus: su genial prosa y la combinación con la política. Una genialidad que imprimiré para obsequiárselo a la abnegada y copada profesora de literatura de mi hija, para este puto otoño frío.

Corto y pego. Gracias Juan Sasturain. Un abrazo de los grandes.

Que por mayo era, por mayo

Para todos los perseguidos
por una Justicia genuflexa del Poder.

Supongamos que tengo –tenía, pero ya no tengo más– que dar mi clase de literatura hoy lunes a los adolescentes de cuarto año y me / nos toca como tema el Romancero. Tienen que tener leído el Romance del prisionero, maravilla recogida en su versión más trunca (si cabe la burrada) por el viejo Menéndez Pidal cuando era muchacho en la Flor (significa selección, antología) nueva de romances viejos, gran título, libro memorable. Claro que también los pibes tienen que haber leído los diarios y visto la tele en el fin de semana, así que trataré de que no se dispersen. Difícil, sobre todo cuando sienten tan ajeno ese texto con marcas tan medievales de oralidad castellana, y eso que está en versión modernizada. Como es cortito –16 versos– vamos a ir leyendo y comentando, digo yo.

Supongamos que ya saben que es anónimo no porque no lo escribió nadie, como dice uno, sino porque no se sabe quién lo hizo / cantó primero –como las canciones de la cancha– y se ha ido modificando con las repeticiones hasta que alguien lo puso en papel. El ejemplo de las canciones tribuneras les interesa pero se dispersan en obscenidades y hay que parar ahí. Reconocen que son octosílabos, como toda la poesía popular de nuestra lengua, les digo, que riman sólo los versos pares (una rima suave, la llamada asonante, en que coinciden sólo las vocales, no necesariamente las consonantes) y les muestro eso con los cuatro primeros: Que por mayo era, por mayo / cuando hace la calor / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor.

Aclaramos ese raro Que de salida, una señal, una marca de que la cosa viene como empezada –no uso el tecnicismo in media res para no espantarlos– es como un pedazo de una confidencia, una conversación, si quieren: porque es algo dicho, no escrito. Y no “está mal” lo de “la” calor –joden con eso– porque la lengua no estaba fijada aún (siglo quince, ponganlé) y el uso genérico era indistinto. Una vez más hablamos de que el diccionario (La Ley) y la gramática (El Orden) vienen después (lógica y temporalmente) del uso, de la práctica, que es lo único vivo, la materia anterior: en el fondo lo único que hay… Que la Ley & el Orden son formalizaciones posteriores que devienen reglas sujetas al poder de lo escrito. No es fácil explicar eso porque la cuestión deriva hacia la asociación –en el romance– de mayo con el clima cálido cuando en mayo estamos todos cagados de frío en un aula de precaria calefacción con tarifa de gas sincerada. Y saltan las últimas noticias sobre el calentamiento global y otras aberretadas verdades de internet cuando por fin uno pesca que es una cuestión de hemisferios: “Mayo es la primavera –dice– en España. No el otoño como acá. En el partido del Barça estaban todos de manga corta”. Por eso los trigos encañan (se hace caña el tallo, les explico) y hay flores en el campo.

Sintetizando, digo: hay alguien –no sabemos quién todavía– que dice que hace calor, está lindo el tiempo, crece el cereal y está lleno de flores. Este alguien describe el clima y la naturaleza, lo vegetal, digamos. Y fíjense cómo sigue (y ahí pasamos a los cuatro versos siguientes): cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor / cuando los enamorados / van a servir al amor. Aunque los pibes no han visto nunca una calandria (pajarito bien argentino, les cuento, que cantaba como la pulpera de Santa Lucía) y menos aún un mítico ruiseñor porque acá no hay –aunque como la alondra se solía parar en el palito de los versos tangueros– me dedico a las aves, y cuando estoy a punto de irme al carajo recordándoles que en segundo leímos El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde, que hay un cuento de Andersen y un poema de John Keats, veo que por ahí los pierdo y vuelvo a los versos del romance. Les cuento que el trino de estos pajaritos, fabulosos cantores, anuncia en el hemisferio norte la llegada de la primavera, llamada “la estación del amor”, porque es el momento del año en que los bichos se aparean, usando un verbo específico y sin contraindicaciones. Lo que sigue, la expresión “servir al amor” aplicada a los enamorados en general provoca diversas reflexiones / exclamaciones que en general quedan confinadas al intercambio verbal y gestual del alumnado, que me excluye naturalmente. Supongo que han entendido y seguimos, entramos en la segunda parte del romance.

Acá recién nos enteramos de quién es el que habla, les informo / digo fíjense: Sino yo, triste, cuitado, / que vivo en esta prisión, / que ni sé cuándo es de día / ni cuándo las noches son. Supongamos que me detengo en explicar el uso coloquial y raro de ese Sino como sinónimo de excepto o menos, es decir: todo es alegría menos / excepto para mí, triste y afligido (cuitado, con cuitas, pesares) que estoy en cana y ni siquiera sé, porque estoy encerrado y sin una ventana o ranurita de luz, cuándo es de día y cuándo de noche. Ah la flauta, digo para mí. Y para ellos: es decir que lo anterior, lo que describió que pasa afuera, el tipo sabe que es así por experiencia, pero no lo ve ni lo siente, como el Brisky de la famosa publicidad de mis veinte años.

Y supongamos que acá me detengo un poquito y les digo que se fijen que cambió el tiempo verbal del principio, que era en pasado (era por mayo) pero cuando el tipo, se refiere a sí mismo (sino yo), empieza a hablar en presente: las cosas le pasan ahora… Ah, la flauta… ¿Y qué le pasa?

Le quitaron la libertad –dice alguno– pero es muy abstracto eso, convenimos rápido. Nunca se menciona ni se habla de libertad, acá. Ni del por qué ni el cómo. La idea o las imágenes vienen por otro lado: al que habla, al prisionero, le quitaron el mundo. Lo desnaturalizaron: no puede vivir naturalmente. Lo encerraron, lo enjaularon, lo sacaron de circulación, lo dejaron solo consigo mismo, sin luz ni voces, sin tiempo. Les pido que piensen en eso, que imaginen lo que significa como experiencia de vida quedarse afuera del tiempo. Claro que –según dice enseguida el pobre tipo– le quedaba apenas un contacto mínimo con la vida exterior o mejor con todo lo que no fuera él mismo, solo. Y ahí entramos en los dos primeros versos del último tramo: Sino por una avecilla / que me cantaba al albor. Como al sino ya lo explicamos, sólo nos queda ese albor que significa, verbalizado, el alba. Cuando pregunto si alguno sabe qué es el alba uno jode con pintura, otro la confunde con aura, un tercero dice el amanecer y nadie acierta con que es la primera claridad que rompe la negrura de la noche / de esta noche.

¿Qué dice el prisionero, entonces? Que el único datito que tenía respecto del mundo exterior a esa cárcel se lo daba un pajarito que no nombra y que cantaba con las primeras luces –y eso lo debe saber por experiencia anterior– y que eso le permitía imaginar / saber / contar un día más. Y acá paro otra vez y supongamos que les señale, antes de que se fastidien por la extensión de la explicación o el comentario, que el alba es la hora tradicional de los fusilamientos, que por el hecho de volar y de moverse sin aparentes limitaciones los pájaros suelen encarnar la (idea de) libertad. Y que hay un poema de Jacques Prévert –o varios, lindísimos– que juega con eso y que ya hablaremos otro día porque ahora hay que terminar con el Romance del prisionero, con los dos últimos y tristísimos versos: Matómela un ballestero, / Dios le dé mal galardón. Ufff… Se los digo, se los arrojo como quien tira un hueso que abarajan. Nos corta el timbre, nos corta el chorro, nos corta el verso.

Apuro entonces. El esdrújulo con pronombre enclítico (no uso ninguna de esas expresiones abstrusas y piantavotos) del comienzo se convierte rápido en me la mató (a la avecilla: véase ese me afectivo), y si varios saben qué es una ballesta por las películas pueden entender que el ballestero que la usa (como el arquero usa el arco) le metió un flechazo fatal al pajarito. ¿Por qué? Ah… quién sabe. Si fue porque estaba cazando, vaya y pase; pero también puede que haya sido un guardia de la prisión que se ortibó, de puro jodido, como dice uno. Entonces está más que justificada la última, contenida maldición del prisionero a ciegas y a sordas: que Dios lo castigue en su crueldad, que no lo premie por eso, que el galardón o recompensa o reconocimiento sea negativo. Qué tal, qué les parece, digo yo, nos vemos el lunes no tomen nada raro / no se olviden / al salir / los documentos.

Supongamos que por mayo era, por mayo, y yo daba o no daba clase y era un puto otoño frío y tan injusto como éste y la justicia del Poder (no el poder de la Justicia) encarcelaba, ajusticiaba en diarios y pantallas sin que volara, cantara un pajarito a contramano. Sino / sin embargo, digo / el romance trunco estaba y está ahí. Y canta todavía. Y cada vez, en el encierro ciego y sordo, el poema que canta no cuenta por qué ni quién ni cómo sino sólo le da / le devuelve / la palabra al maltratado.

Juan Sasturain. Fuente

 

 

 

 

Preocupaciones

1

Ahora ella trabaja con los monos saimiri en el ECAS. A los saimiris les encanta las orugas. Entonces  busca  para ellos durante toda la semana.  Las halla en el jardín de casa, bajo los troncos.

Debe mantenerlas vivas. Las pone en un baldecito con tierra. Los viernes primero tiene escuela y  luego va a  ECAS   directamente. ¿Dónde  guardará las orugas  mientras tanto?… Eso la tiene muy preocupada.

2

Él le ha cosido una ropita a un choclo envejecido de la heladera. Es un muñeco-choclo vestido con ropa a medida. Le advierto que hay posibilidades que el choclo se pudra con el paso del tiempo.

No necesita a Kent ni una PlayStation. Le basta con un choclo pasado, una tela vieja y aguja e hilo. Se sienta frente al choclo en silencio esperando algún signo de putrefacción. Lo observa pacientemente.  El tiempo corre y él petrificado y preocupado quiere que todo siga como está.

3

El más chico  usó mi computadora. Algo hizo porque  la pantalla quedó negra y solo se veía el cursor. Reinicié y nada. El memory-test no arrojó fallos. El inicio por consola no dio pistas del error. Pero la interfaz gráfica estaba cagada.

Busqué documentación. No encontré nada que me sirva.

Decidí reinstalar. Se supone que no debería perder datos, puesto que al directorio “Home” lo instalé en otra partición del disco. Allí están todas las fotos familiares. No todas están respaldadas. También tengo cosas laborales de años, libros. Redimensioné particiones con Gparted. No puede fallar. No debería. Si falla sería una catástrofe.

Reinstalo Ubuntu Mate.  Entro con una versión live. Borro  las configuraciones que están en las carpetas ocultas de mi vieja Home para no tener conflicto con las nuevas versiones de programas…y renombro carpetas para no confundir nuevas con viejas. Instalo. Elijo montar Home en la partición separada donde están todos los datos. Que sea lo que tenga que ser. ¡Puta madre!…¿Funcionará?…Transpiro. Se preocupa con las puteadas y viendo mi cara de preso ante el patíbulo.

El fondo de pantalla es Huayra Liso bucólica jpg. El entorno es Mate. El tema es Huayra Liso. El borde de ventana es Yuyo dark.

El quincho de ECAS

El viernes fuimos para  ECAS. Me avisaron que Luxor estaría terminando el mural del quincho.

Ivan se encaprichó con unos deshechos informáticos. La cosa se puso heavy pero negociamos y reinó la calma.

Brisa se incorporó rápidamente a la dinámica: alimentar animales, jugar y ayudar un poco a pintar.

Tomás se fue directamente a correr a los gansos. Se descalzó y comenzó a chapotear en charcos de barro.

Luxor no había llegado.

Miré el sol sin pintar y al bajar la vista recordé que ahí vive alguien. Al pie del quincho, tuvieron que poner una chapa para no caer en la madriguera del vizcachón.

Al rato llegó Luxor y organizó las tareas de los demás y él se dedicó al sol con el flaco de ayudante.

La superposición del flaco y Luxor me recordaron al hombre de dos pisos de Grego

El Hombre de dos Pisos (Grego)

 

Nunca había hablado con Luxor. El viernes pude agradecerle personalmente por el arte y por haberme salvado

La música que elegí para el video es a thousand years de Marc Berthoumieux

Gracias Roxi (políticamente incorrecto)

Hace mucho tiempo que ensayo este post. Nunca termina de convencerme. Y tal vez nuevamente termine en el retrete.

La discapacidad en los hijos implica una elaboración, un duelo, una alegría, una hinchazón de huevos, una celebración, un camino. ¡Como la de cualquier padre con cualquier hijo!…

Antes de ser padre, Ud. tendría sus fantasías, expectativas. Y la realidad, y casi siempre el diagnóstico, le dieron un mazazo.

Pues bien. No hablaré aquí de los diagnósticos y su capacidad performativa. Volvamos ¿Luego del mazazo qué?…

El proceso de elaboración.
Me saltearé este doloroso paso.

Pongamos que usted hizo terapia (o no), ya no está auto-compasivo  y se ha hecho cargo. Su herida narcisista ha cicatrizado o está en eso. Ya sabe que su hij@ no es un genio incomprendido, ni un ángel, ni un índigo, ni Einsteint que tardó en hablar. Ni que tiene algo “trabado” o bloqueado y que se destrabará. No. Es un niño/a. Y no cualquiera. Es su hijo.
Usted  es un padre más o menos feliz.
Solo entonces ha llegado el momento de gritar al viento cuando:

Tiene los huevos al plato.
Está re-podrido que su hij@ grite o haga movimientos estereotipados delante de la pantalla de la tele justo en el penal.
Se cague  en el momento de salir.
Se horrorosamente ecolálico, o pedante (si es Asperger).
O que hable de todo lo que ve.
O que no hable.

O que tenga intolerancia a la frustración. Ja.
O que tenga rabietas en el supermercado porque no quiere esperar…¡Usted tampoco quiere esperar!…

 

Listo. Dígaselo. -Callate un rato- -Me gustaría que me hables- Tengo los huevos al plato con tu cantinela. Dame un abrazo. Andate a tu cuarto por caprichoso e hinchapelotas. No te lo voy a comprar aunque grites como un chancho.

Ommmm
Funciona.

Gracias Roxi 😉

Herman@s

Hubo que sacarle sangre a Brisa para análisis de rutina.
Ella resistió estoicamente su ayuno de doce horas.
Estamos en la sala. La nombran y la acompaño al box.

Brisa está verborrágica.
En un momento dice: tengo un poco de miedo.
El muchacho le habla preguntándole cosas para relajarla.
-¿Desayunaste?-
-No pude-
-Claaro. ¿Qué te gusta desayunar?-
-Avena del paquete azul. La instantánea.-
-A mi también me gusta. Yo la tomo con frutas y yogurth. ¿Y vos Brisa?-
-Con leche y nesquik. ¿Tengo que pensar en cosas lindas?-
-Si Brisa, y no mirar la aguja…¿Vos tenés mascotas?…
-Dos perras: Pepa y Canela.
-¿Son hermanas?…
-Si. Una es caniche y otra labradora.
-¿?-
-En casa todos somos adoptivos.
El muchacho absorto nos entregó el papel que debía quedarse para cobrarle a la obra social.

Rikki-Tikki-tavi

Levanta un poco el calor con el sol de la tarde, pero estamos a salvo bajo el fresno. En realidd la copa del fresno se ha solidarizado con la del roble y acompañado por el hibiscus generan una especie de cueva vegetal.
Brisa está sentada y escucha atentamente a Rudyard Kipling.
Quiero decir… Kipling escribió Rikki-Tikki-tavi y yo se lo leo.
El tipo logra que veamos a la mangosta y la cobra Nag en nuestro jardín.
No hay pájaros tejedores como en la selva de la India pero mientras leo, los zorzales colorados cantan en el fresno.

Las páginas pasan. Escuchamos el viento, los zorzales, el ladrido de Canela y mi propia voz, que como en los sueños, se han integrado a la historia.

Termina. No lo habíamos leído antes ni visto la película.
Mucho mejor. Quedamos en silencio.

Ilustración de Ricardo Siri Liniers en su tira Macanudo

 

Rikki-Tikki tavi. (Si pincha se lo lee)
Nosotros no la veremos, pero si a Ud le da ganas, la narra Orson Welles.
Director: Chuck Jones. Año: 1976

Caminar

Caminamos juntos a la mañana. Vamos a la dietética por hongos secos de pino para el guiso de pollo.

Nuestra  respiración desprende pequeñas volutas de vapor. Ella juega con las nubecitas de la nariz.

Habla todo el tiempo describiendo el contexto natural. Repara en insectos, perros, aves, árboles.  Imaginé que si escuchábamos música se calmaría.
Busqué en el teléfono celular y encentré a Ahmad Jamal tocando Waltz for Debby de Evans.

Compartimos los auriculares: yo me puse en la oreja izquierda y ella en la derecha.
Fue casi imposible que caminemos coordinando. Nos arrancamos mutuamente el auricular de la oreja.  Chau Ahmad.

Cada tanto ratifico que las reglas de la escondida cambian. Ella dice -pica calandria- Estoy por preguntar, pero recuerdo que “pica” es “piedra libre”.
Pasando el puente del arroyo Carnaval, ella dice -pica torcaza-

En la callecita en subida pregunta por un árbol.
-No sé cómo se llama, Brisa. Agarrá una hoja del piso y en casa lo buscamos en la guía. Se parecía a un liquidambar, pero con la hoja más pequeña.
-Pica picazuró-
-¿Dónde?-
-En el fresno-
-No la veo-
-Ahí- (Me señala)
Recordé el texto de Galeano.

En la dietética además de hongos compramos fécula de mandioca para hacer chipá. También maíz pisado y porotos alubia para el locro.
Los chipás los prepararemos con Ivan a la manera de San Martín, su ídolo.

Brisa descubrió mosquitos en las telas de la araña de un rincón del techo.

Cruzamos a la verdulería.
-Pica mandarina-
Si Brisa…Llegaron las mandarinas Dancy. (las de cáscara difícil de pelar, pero dulces).

Volvemos en silencio, escupiendo semillas.

Una garcita bueyera está parada al borde del puente del arroyo. Pero ella… -pica bicho bolita-

La guía de árboles de Grijalbo nos dice que se trata de un arce japonés (Acer-palmatum-autumn)


Ilustración de Miguel Rep, en el diario Página 12 del 10 de junio de 2014